Si tuviéramos que definir con una sola palabra a nuestra sociedad actual, no encontraríamos una mejor, creo yo, que la palabra egoísmo. Y es que éste termino condensa en sí mismo todas las características del modo de vida imperante. Es curioso que el egoísmo sea considerado actualmente como una virtud del ser humano, o como la precondición para el desarrollo y el progreso de nuestras sociedades. Sin embargo, no siempre tuvo este carácter "positivo". Los filósofos de la antigüedad, como Platón por mencionar alguno, lo veían con malos ojos, casi con desdén. Y que decir de aquellos grupos humanos asentados por todas partes en el globo, y que obedecían, y obedecen aún, a una forma de vida determinada por la comunidad y la tradición, y que ahora, pudiendo ser llamadas comunidades tradicionales, son nombradas de manera despectiva como "primitivas" por nuestros nuevos guías y censores intelectuales, que creen que evolución es cubrir todas las necesidades materiales siguiendo las directrices de la teleología del "confort", aunque el interior del ser humano se encuentre pordiosero de sí mismo.
Los iniciados en las ciencias tradicionales sabían que había que renunciar al ego para así poder alcanzar el desarrollo espiritual, y esto lo sabemos por la historia conocida. Pero si atendemos no a la historia, sino a la historiografía, es decir, a la visión de los sectores sociales dominantes, nos encontraremos con que a partir del humanismo, del individualismo y liberalismo, el ser humano encontró el camino a su desarrollo integro. Y si seguimos por la senda de la interpretación historiográfica se nos aparecerán otros absurdos, como, por ejemplo, que la palabra "elite" se caracteriza por el poder en dinero o en armamento, y no ya por el poder en intelecto o en el desarrollo de todas las potencialidades internas y propias de los seres humanos.
Existe una historia curiosa sobre el egoísmo, la cual quisiera contar, y que ilustra de manera muy clara su connotación actual:
Nos remontaremos a la historia temprana de los Estados Unidos, esta historia asentada en el cieno del holocausto y la sangre. No se puede olvidar que, para que los colonos blancos habitaran la nueva tierra, tenían que prescindir de las personas y de los pueblos que les estorbaran, y cuyo único crimen consistía en haber llegado a habitar antes que ellos la tierra que pretendían. Bueno, un rasgo de nuestra época es que el crimen encuentre alguna justificación ideológica y los padres de la nación llamada Estados Unidos, junto con otras naciones a lo largo de la historia desde luego, la tenían ( y aún la tienen ¿no es verdad?). Había que matar a esos pueblos originarios, o exterminarlos de a poco mediante los pretextos de la depuración racial, del progreso o de la integración. También existía la creencia "justificada" de que esta gente no fuera realmente humana y por lo tanto no fuesen hijos de Dios. Un tal Henry L. Dawes encargado de arrebatar la tierra de Hopis y Cheroquís tenía un concepto claro sobre estos pueblos. Para él, la gente que los componía no eran sino solo retrasados atroces porque se negaban a abandonar sus tierras y dividirlas, ya que éstas eran de propiedad comunal. "No hay en ellos egoísmo, la base de toda civilización", dijo. Para él, si cada indígena era dueño de su tramo de tierra, renunciando a la propiedad en comunidad, adquiriría por ello el carácter de "ser humano respetable" y progresaría en su vida. Empero ¿qué es el progreso? Al parecer una de las premisas que actualmente quieren hacernos ver como verdadera y legitima es que los derechos de propiedad están por encima de todo derecho humano. ¿Y no nos conducimos bajo este principio en verdad? ¿Acaso no creemos, por ejemplo, en el amor, que la persona que amamos es nuestra, que tenemos derechos sobre ella rebajándola, de esta manera, a la condición de cosa, y en tanto cosa, consideramos que se puede poseer o no poseer, cuidar o tirar? ¿No pensamos acaso que la obtención, para uno mismo, de logros materiales, reconocimientos o ascensos sin fin y sin límites son la base para la felicidad individual? Han subvertido todas las virtudes y valores, y a la manera de los imbéciles diabolicos, como Leo Strauss, interpretan las ideas, la historia, las palabras, la vida, con el único miserable fin de que todo esté acorde a la conveniencia de intereses particulares y definidos. El egoísmo tiene su gran familia de términos afines: obtención, innovación, éxito, progreso, reconocimiento. Estos palabras se encarnan en personas, y si estas no conocen una realidad alternativa a aquellas, la pobreza dentro de sí mismas es muy grande, y será multiplicada de generación en generación. A veces, por las noches, cuando me recuesto sobre la yerba a mirar las estrellas me digo: " espero que se realice aquellas profecía Hopi: al final de la vieja historia, los grupos minoritarios de personas que habitan en este mundo, los pueblos aislados, despreciados y vejados; olvidados y casi extinguidos, serán aquellos que, conservando lo que el hombre occidental no conoce, comenzarán un orden nuevo..."